POLÍTICA

Reino Unido y Unión Europea: Una difícil relación

Las relaciones entre las islas británicas y el continente europeo nunca han sido fáciles, quizá debido al aislamiento que históricamente impuso el carácter insular. Sin embargo, hoy no se entendería Europa, y en general la cultura occidental, ni se entendería Gran Bretaña, y por extensión la cultura anglosajona, sin las influencias y aportaciones mutuas que se han dado entre ambas orillas del Canal de la Mancha. Es por ello que el proyecto de unión de todos los pueblos de Europa que empezó a forjarse a mediados del siglo XX no podía prescindir de una nación tan importante y con tanto peso a nivel mundial como lo es el Reino Unido.

En 1946, recién acabada la II Guerra Mundial, el premier británico Winston Churchill hace un llamamiento en un elocuente discurso en Zurich (Suiza) para recrear lo que él llama “la gran familia europea”, dotándola de “una estructura bajo la cual los europeos puedan vivir en paz, seguridad y libertad (…) una especie de Estados Unidos de Europa”. Es por ello, que hoy, Churchill es considerado como uno de los “padres fundadores de Europa” junto a figuras de la talla de Robert Schuman, Konrad Adenauer o Jean Monnet. Aunque pueda sorprendernos el que perteneciese al Partido Conservador Británico, tradicionalmente asociado al euroescepticismo. Tampoco debemos olvidar que fue uno de los vencedores del nazismo en Europa, y por consiguiente la contribución del Reino Unido a la reconstrucción de Europa durante su mandato fue fundamental.

Pese a todo ello, la entrada del Reino Unido en el club europeo, cuyo centro económico y de decisiones se encontraba en la diarquía germano-francesa, fue tardía y no carente de dificultades. En un primer momento, en 1957, el gobierno británico rechazó durante la firma del Tratado de Roma la invitación a sumarse a la entonces Comunidad Económica Europea, a partir de entonces y hasta la década de los 70 ya no será solo cuestión de iniciativa propia sino que chocará con la oposición por parte de Francia y más en concreto de su presidente, Charles De Gaulle. “Le grand non”, como se conocerá a los dos vetos franceses al ingreso en la CEE de Gran Bretaña (en 1963 y 1967) se justificaban sobre una supuesta falta de compromiso hacia el proyecto europeo por parte de una nación más ligada a la política norteamericana y más preocupada por los asuntos de los países de la Commonwealth que por los del continente europeo. Pese a ello, el europeismo crecía en un país azotado por la crisis económica y cuya opinión pública se mostraba admirada por el rápido crecimiento y recuperación posbélica por parte de los países que se habían unido en la Comunidad Económica Europea. Finalmente, y una vez que De Gaulle abandone la presidencia gala, el Reino Unido entrará en la CEE en 1973, paradójicamente durante el gobierno del partido más euroesceptico del país, el Partido Conservador, del primer ministro Edward Heath. La adhesión se produjo en vísperas de la famosa “crisis del petróleo” que marcó aquel año, y justo un año antes de que los conservadores perdieran las elecciones británicas.

Dos años más tarde, se produce un hecho histórico importantísimo para analizar la situación actual, el nuevo primer ministro, el laborista Harold Wilson, convoca un referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea, en la que el europeismo vence con el 67% de los votos.

Esta situación está muy lejos de la que hemos vivido recientemente. El presidente Juncker ha lamentado los resultados del último referéndum, pero pide sentido común para negociar la salida del Reino Unido en las mejores condiciones posibles, marcadas siempre por la agenda comunitaria porque como él mismo ha dicho: “nosotros decidimos, nosotros seguimos soñando con la Unión Europea”.